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La gramática del olvido: reflexiones sobre el cuidado y la memoria desde la literatura




La gramática del olvido: reflexiones sobre el cuidado y la memoria desde la literatura".

Un viaje con Odilia

(Diario de un regreso)

Seudónimo: Santiago de Jesús

I. La simetría de vida: Un viaje con Odilia

Veo tu cabeza, ese campo de nieve donde antes habitó la sombra de los años, y el recuerdo me asalta como un náufrago: mis manos de niño desordenando tu noche, cuando pasaba mis dedos por las púas de tu peine creyendo que era una guitarra que inventaba melodías. Aquella melena negra que era mi refugio hoy se ha vuelto bruma entre mis dedos.

Hoy, madre, el orden ha muerto en tu memoria; los días son piezas de un rompecabezas que no encaja, y soy yo quien ahora ordena los finos hilos de plata que te quedan mientras observo tu pulso temblando en el aire.

Tus manos, que fueron vigas de hierro y refugio, dibujan ahora un vaivén de pájaro herido. Las miro fallar, rendidas ante el mundo, incapaces de sostener el peso de un cubierto, ese metal que hoy parece un ancla pesada.

Y son las mismas, madre, las mismas manos que llevaron el sustento a mi boca pequeña, cuando el mundo para mí no tenía orillas, cuando la vida era solo hambre y asombro.

Te busco en la mirada y solo hallo un rescoldo, una luz que se retira hacia un cuarto vacío. Es la energía que se fuga por una grieta invisible, esa misma fuerza que gastaste sin medida corriendo tras mis pasos, cuidando mi sombra, evitando que el suelo me robara la risa.

Pronuncio mi nombre una y otra vez ante tu olvido como un salmo antiguo, como una oración de lluvia, como una insistencia del aire contra el muro. Lo hago de la misma forma en que tú repetías el mío para que yo aprendiera que el lenguaje es un puente, que las palabras son la única balsa en el río.

Tu piel, que fue un dorado roble en su firmeza, es ahora un bosque de hojas secas que crujen. Llevas un mapa de manchas que el tiempo ha tatuado como huellas de un viaje que ya no recuerdas. Eres seda arrugada que teme la caricia, esa caricia que, a pesar del miedo, tus dedos buscan.

 

II. El inventario de los espejos quietos

El álbum fotográfico descansa sobre nosotros como el mapa de un país que ha sido devorado por el mar. Es un peso de papel y sombras, una geografía muda.

Al abrirlo, mis dedos recorren el relieve de los rostros, señalan orillas de mares donde el sol aún no se ha puesto, y bodas donde el vino brilla en las copas de plata con la frescura eterna de lo que no sabe que va a morir.

Pero tus ojos, madre, pasan sobre el papel brillante como el agua que resbala por una piedra lisa: sin dejar rastro, sin encender la chispa del asombro.

Para ti, la memoria es un cristal empañado donde las figuras saludan desde un lado que no comprendes. De pronto, te detienes. Tus dedos rozan una imagen en blanco y negro: una mujer joven que sonríe bajo un sombrero de paja, desafiando al viento con una alegría de trigo limpio.

Tiene tu misma forma de inclinar el mundo hacia la luz, el mismo modo de sostener el universo en la mirada. Me miras entonces con la cortesía de una extraña, con una curiosidad herida por la distancia.

«¿Quién es esa muchacha?», preguntas con voz de nube. Y el frío me recorre la espalda al entender que te has vuelto una turista de tu propia biografía, una visitante que no reconoce su propia casa.

Respiro el aire espeso de tu olvido y te respondo, mientras rodeo tus hombros con el amor de los hijos: «Esa mujer, madre, es la que me dio su sangre, la que me dio su nombre, la que sostuvo mis miedos para que no fueran míos, la que me despertaba con amor cuando el cielo estaba claro.

Hoy es un recuerdo que yo guardo por los dos». Tú sonríes, con esa luz que a veces regresa del fondo, y dices con una alegría pequeña: «¡Ah, esa soy yo!».

Y en ese instante, el tiempo parece que se detiene, cuando miras con nostalgia a Odilia. Como si el viento hubiera soplado sobre nosotros para recordarnos que el amor no necesita documentos.

Luego, intento explicarte que ese niño en la orilla, el que levanta un castillo de arena destinado al derrumbe, soy yo, el mismo hombre que ahora te sujeta la mano.

Pero en tu geografía, el tiempo ha perdido los puentes: el niño y el hombre no pueden habitar el mismo salón, y la madre y la anciana se miran sin reconocerse, separadas por un océano de días sin nombre.

Cerramos el libro. Las fotos regresan a su noche de estante, a su silencio de cartón y olvido. Tú te quedas mirando la ventana, hacia el jardín vacío, donde el presente es un cristal demasiado limpio: sin ayer, sin huellas, sin nosotros.

III. Despertares al ritmo del compás

Pulso el botón y el aire se llena de notas de otra época, una fragancia de gramófono y salones olvidados. El silencio de la casa se quiebra con un vals, los violines dibujan ondas en el agua del tiempo.

Es el Danubio Azul que llega desde mi infancia, la melodía que tú me cantabas para calmar el miedo y que hoy te devuelvo para rescatarte del náufrago.

Ta tara ra raaaaa tan tan tan tan tararararaaaaa tan tan tan tan…

Tarareo la curva de la nota contra tu oído como lo hiciste ayer, buscando el eco de la joven que fuiste en los bailes. Y de pronto, ocurre el milagro: tus pupilas, que eran estanques de agua mansa y ciega, se agitan con un brillo de corriente viva, como si un pez de plata saltara en tu mirada.

Ese destello viaja desde el fondo de tus años, cruza el desierto de placas y sombras de tu mente —ese laberinto donde las palabras se extravían— y se posa en mi rostro con una fijeza que quema.

Por un segundo, la música es el hilo de Ariadna, la cuerda de seda que te guía de vuelta a la orilla. Me hablas entonces con una voz de azúcar y viento, me cuentas de aquel baile que me dabas, de la ropita que me ponías, de una risa y de una anécdota que el tiempo no ha podido roer.

Mencionas a Rebeca y dices que la has visto, que ella también bailaba, que te esperaba con la promesa de un viaje que está por venir. Me reconoces y lo sé. No hace falta que lo digas.

Lo dice tu mano que sube, lenta y segura, a buscar mi mejilla como quien busca el hogar, recorriendo mis facciones como si leyeras en braille el mapa de mi nombre que yo creía perdido.

Sonríes con la sabiduría de quien regresa del exilio y me acaricias el cabello, igual que hacías entonces, cuando el mundo estaba en su sitio y el sol no se ponía.

Pero la música tiene un límite de tiempo, un muro de silencio donde el vals se deshace. El recuerdo se desvanece con el último acorde, se pierde en la esquina del salón, entre las sombras, y el velo vuelve a caer tras tus ojos, pesado y gris.

La chispa se apaga antes de que mi mano pueda atraparla. Así, fugaz. Como un rayo que no deja rastro. Me miras de nuevo con esa cortesía herida, con la extrañeza de quien despierta en una tierra de nadie.

Esas palabras, «¿Quién eres?», caen como espejos rotos, laceran mi pecho y me devuelven a la cruda realidad.

Pero estos despertares, aunque breves como un suspiro, son mi oasis de felicidad en la larga soledad como hijo. Con voz pequeña, me pides que te cuente de nuevo en qué parte del mapa nos encontramos, mientras yo sigo tarareando, muy bajito, para que el olvido no sepa que hoy, por un vals, te tuve conmigo.

IV. El círculo de la vida

Cuando te acompaño a caminar por el pasillo, en ese trayecto que hoy te parece un continente, escucho el eco de mis propios pasos de niño. Recuerdo la delicadeza con la que sostenías mi mano pequeña cuando el suelo era un abismo y yo apenas un proyecto de hombre.

Tú me enseñaste a conquistar la verticalidad del mundo, con palabras que eran redes para mis caídas y ahora el tic-tac del reloj cuenta los segundos mientras tus pies arrastran el ancla de un siglo.

Ahora el tiempo ha invertido la corriente del río. Soy yo quien repite tus sílabas como un mantra, guiando tu lento caminar por la alfombra: «Un paso más, madre, solo un paso más».

Tus pies, que han recorrido todos los senderos, pesan hoy como si arrastraran el ancla de un siglo. Y llegan las rabietas, esas pequeñas tormentas de cristal donde los roles se confunden en el aire de la tarde.

Las discusiones de antaño regresan con otro rostro; ya no soy yo quien se resiste al agua, sino tú, con esa terca inocencia de quien teme perderse en la espuma. Regresan, entonces, las ceremonias de agua y de paciencia.

Sumerjo la esponja con la unción con que se mojan los churros en el chocolate, limpiando tu piel como quien restaura un óleo antiguo, con el miedo sagrado de que el roce de mi mano deshaga la memoria que aún palpita bajo tus hombros.

Tu cuerpo, madre, es hoy un templo cansado, y yo soy el guardián que custodia sus ruinas con asombro. Te dejo la piel como un lienzo en blanco, oliendo a ese jabón que detiene las horas, a una infancia que retorna por los poros del costado.

Luego, en la mesa, el rito se vuelve pequeño y solemne: soplo la cuchara para que el calor no te asuste, vigilando el milagro de tu boca abierta, repitiendo el gesto que tú inventaste para salvarme cuando mis días eran solo cuna, hambre y llanto.

Hay un silencio dulce en este intercambio de espejos. Comes con la lentitud de quien descubre la luz por vez primera, y yo te miro, no como el hijo que cumple una tarea, sino como el niño que aprende, al fin, el peso de la vida: el amor es este acto de dar de comer a la propia raíz, de devolver al origen la ternura que nos hizo posibles.

V. Las palabras perdidas en el naufragio de los nombres

A veces te quedas suspendida en mitad de una frase, como quien llega a un precipicio y olvida cómo volar. Tus labios dibujan el contorno de una palabra que se ha quedado atrapada en el sótano de tu mente, un pez que colea en la red pero no logra salir al aire.

«Esa cosa...», dices, señalando el vaso o el peine, mientras tus ojos me piden que rescate el nombre del abismo.

El lenguaje, que antes era un jardín podado y firme, se ha vuelto ahora una selva donde los senderos se borran. Confundes la mesa con el barco, el frío con el miedo, y llamas «luz» a todo lo que te produce alegría.

He aprendido a hablar tu nuevo idioma de cristales rotos, a entender que cuando dices «Rebeca» y miras la puerta, no solo nombras a mi hermana, sino a la esperanza del regreso. Es una gramática del alma lo que ahora nos une.

Ya no necesitamos la precisión de los sustantivos, porque el amor ha aprendido a conjugarse sin verbos. Si olvidas cómo llamarme, si mi nombre se vuelve un sonido extraño, no importa, madre;

yo seré la palabra que te falte, el adjetivo que abrigue tus silencios en las tardes de lluvia. Miro tus labios moverse en sueños, susurrando sílabas mudas, quizá deletreando el mapa del viaje que Rebeca te ha prometido.

Cada nombre que pierdes es una amarra que se suelta, dejando que tu barca flote, libre de las cargas de la tierra, hacia ese lugar donde el silencio es la única lengua que hace falta.

VI. El jardín de la espera

Te sientas frente al ventanal como quien espera un barco en un puerto donde el mar ya no tiene nombre. Fuera, el jardín es un reino de verdes y sombras, donde las plantas crecen con la terca insistencia de la vida, ajenas al naufragio que ocurre a este lado del vidrio.

Miras las flores, pero tus ojos no recogen su color; parecen buscar algo más allá de la hiedra y el muro, quizá el rastro de Rebeca cruzando el umbral del aire. El cristal es ahora la frontera de tus dos mundos.

De un lado, la lluvia que golpea con su ritmo de llanto; del otro, tu silencio, esa habitación blanca con muebles, cuadros y cachivaches que evocan toda una vida que ya no recuerdas.

A veces, una ráfaga de viento agita los chopos y crees ver en el movimiento un saludo, una seña, un aviso de que el equipaje del alma está listo para la partida.

¿Qué ves en el jardín, madre, cuando el día se apaga? ¿Ves a la niña que corría entre los rosales sin miedo, o ves el camino de plata que te llevará al encuentro con mi hermana?

Yo te observo desde la sombra, respetando tu viaje, entendiendo que esta espera es también una forma de amor, un aprendizaje de la luz antes de que llegue la noche absoluta. La casa se llena de penumbra y el jardín se vuelve sombra.

Ya no hay flores, solo el reflejo de tu rostro en el vidrio: esa seda arrugada que el tiempo ha tatuado con paciencia. Me acerco y te toco el hombro, devolviéndote a la orilla, mientras el reloj en la pared sigue contando, incansable, los granos de arena de este tiempo que se nos escapa entre los dedos.

 

VII. El sonido de la noche: La partida con Rebeca

Hoy me has hablado con una claridad de cristal antiguo. Me contaste que charlaste con Rebeca, que ella estuvo aquí, sentada al borde de tu olvido, prometiendo que vendría muy pronto a buscarte para emprender juntas, un largo y luminoso viaje.

Sí, Rebeca, la que habita en el silencio desde que partió, esa hermana que hoy es tu brújula en la niebla nocturna. Al llegar la sombra, cumplo con mi oficio de hijo y de espejo: te peino con cuidado, te entalco la piel cansada, y te pongo bella con tu ropa de dormir, esa armadura de seda para combatir los sueños.

Como si el tiempo diera un vuelco de campana, empiezo a cantarte las mismas nanas que me daban la vida, aquellas con las que tú alejabas al monstruo de mi cama. Jugamos un poco antes de que la luz se rinda.

Veo una risa leve cruzar tu rostro como un pájaro, un destello de la niña que aún vive bajo el mapa de arrugas. Te arropo y busco a tu compañero de naufragio: ese oso de felpa que hoy es tu ancla en el mundo de la fantasía.

Lo abrazas con una fuerza que no parece de este mundo, como si en su pecho de trapo residieran todos tus ayeres, todas las caricias que Odilia guardó para este encuentro. El cansancio te vence y entras en el sueño con un ruido hondo y leve.

Tus ronquidos son el motor de una barca que se aleja por el río, pies que pesan porque han caminado todos los senderos de la tierra, cuerpo que ya no es el de ayer, sino una cáscara sagrada y frágil. Te vuelves indefensa, una pequeña isla de paz en el océano oscuro y devorador del olvido.

Te miro dormir y entiendo, al fin, el gran misterio: mientras viajas por tus sueños, donde quizá todavía eres joven y corres con Rebeca por jardines que yo no puedo ver, yo me quedo aquí, velando tu descanso en la orilla, custodiando la puerta de tu mente para que nada te asuste.

Me quedo esperando, con la paciencia que tú me enseñaste, el ansia de verte despertar a otro día más, aunque cada mañana tenga que volver a decirte quién soy y en qué parte del mapa nos ha dejado la marea.

EPÍLOGO: La herencia de la luz

Ahora que el silencio se ha instalado en el pasillo y que el tic tac del reloj es el único que nombra las horas, me detengo a mirar el vacío que dejas cuando duermes. He comprendido, madre, en este largo oficio de cuidarte, que el amor no es un ejercicio de la memoria, sino una persistencia de la sangre, un latido que no olvida.

Me dejas una herencia que no se guarda en los bancos, ni se escribe en los testamentos de letra apretada. Tu herencia es esta luz que ahora guía mis manos, la paciencia que aprendí mientras soplaba tu cuchara, la fuerza que hallé en mi pecho cuando tú perdías la tuya.

Soy el guardián de un tesoro que tú ya no reconoces, pero que brilla en mí con la intensidad de mil soles. Si un día mi propio nombre se me vuelve un extraño, si el mundo decide borrarse también ante mis ojos, espero tener un hijo que sepa mojar los churros con la misma unción con la que yo hoy te celebro.

Espero que haya alguien que tararee el Danubio Azul en la orilla de mi cama, rescatándome del frío, y que entienda que la vida es este viaje de ida y vuelta. Gracias por enseñarme, sin saberlo, la gramática del alma.

Gracias por el oso de felpa y por el chocolate. Aunque mañana no sepas quién soy al despertar, no importa: yo recordaré por los dos hasta el último día. Porque mientras yo te nombre, madre, mientras yo te cuide, el olvido no habrá ganado la batalla, y el viaje con Rebeca será solo un hermoso hasta pronto.

 

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Bellísimo!!! me encantó... 😍😍😍

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