De Juguetes a "Activos de Colección": La Mercantilización de la Nostalgia y la Economía de la Experiencia
Dr. Jesse Josué De León De León ORCID
0009-0009-1746-8682
Consultor en Administración Pública / PhD en Ciencias Humanas y Sociales por la Universidad Pontificia de Salamanca, España
Economía de la experiencia + hipercomercialización de la
memoria + escasez artificial = valor emocional inflado = precio premium.
Ya no se vende un Hot Wheels para estrellarlo en la alfombra; se vende el
estatus de “curador de piezas a escala”. No se comercializa una camiseta de
fútbol; se ofrece “un fragmento textil de historia colectiva”. Al transformar
todo en “coleccionable”, el mercado fabrica escasez donde no existe, traslada
el valor del objeto al plano afectivo y convierte al consumidor en archivista
de su propia infancia.
En los años 80 y 90, un juguete era un instrumento de caos
creativo: se rompía, se perdía, se compartía, se enterraba en el jardín. Una
camisola de fútbol valía por las rodillas rotas y el sudor acumulado; un álbum
de cromos, por las horas de intercambio bajo el sol del recreo. El valor
residía en el uso, no en la posesión intacta.
Hoy, ese mismo objeto —idéntico en forma, material y
función— se exhibe en vitrinas selladas, con certificados de autenticidad y
precios que superan los salarios mínimos. ¿Qué cambió? No fue el producto, sino
la narrativa que lo envuelve. En la era del e-commerce y los algoritmos
predictivos, el capitalismo ya no se limita a vender bienes: vende recuerdos
anticipados. Y en ese proceso, la infancia se ha vuelto un activo
financiero.
El mecanismo: cómo se construye el valor emocional
Este fenómeno responde a una estrategia deliberada,
respaldada por tres pilares interconectados:
- Premiumización
artificial
Un producto ordinario —una figura de plástico, una playera, un videojuego— se reempaqueta con lenguaje museográfico: “edición limitada”, “diseño exclusivo”, “homenaje a la generación X”. El costo marginal apenas varía; el precio, sí. La diferencia no está en el objeto, sino en la promesa de pertenencia a una tribu selecta (Pine & Gilmore, 1999). - Del
juego a la inversión
Se nos ha hecho creer que conservar un juguete sin abrirlo es una forma de “ahorro emocional”. Plataformas como eBay, StockX o Mercado Libre alimentan esta ilusión, mostrando gráficos de “valor histórico” como si fueran acciones bursátiles. Así, el niño que juega es reemplazado por el adulto que custodia su propia nostalgia como patrimonio (Belk, 2014). - La
experiencia como mercancía
Como señala Joseph Pine en The Experience Economy, hoy no se compra un producto, sino una “historia inmersiva”. Comprar una réplica del balón del Mundial 86 no es adquirir cuero y costura; es “revivir el grito de gol de Maradona”. El consumidor ya no paga por el objeto, sino por el derecho a sentir algo específico —y el mercado cobra por esa emoción dosificada (Pine & Gilmore, 1999).
Consecuencias: la paradoja del objeto intocable
El resultado es una paradoja trágica: cuanto más valioso
se vuelve un objeto, menos se usa. La camiseta se guarda en el armario; el
juguete, en la caja original; el disco de vinilo, sin abrir. La función
primaria —jugar, vestir, escuchar— se sacrifica en el altar de la “preservación
del valor”.
Peor aún: la nostalgia se privatiza. Lo que antes era
un recuerdo colectivo (el mundial, la serie animada, el sabor del helado de
barrio) se convierte en posesión individual, medible en quetzales. Y los
algoritmos de Amazon, Facebook o TikTok detectan esos lazos emocionales para
ofrecernos “ediciones especiales” justo cuando más vulnerables estamos: en
cumpleaños redondos, aniversarios o momentos de melancolía (Zulli & Zulli,
2020).
Así, la infancia no solo se mercantiliza: se coloniza.
Conclusión: recuperar el derecho a usar, romper y olvidar
Frente a esta lógica, resistir no es negarse a comprar, sino
reclamar el derecho al uso imperfecto. Jugar hasta quebrar. Vestir hasta
desteñir. Coleccionar no por inversión, sino por amor genuino.
Porque la verdadera nostalgia no reside en el objeto
sellado, sino en la cicatriz que dejó en nuestras manos. Y ningún algoritmo
puede ponerle precio a eso.
Devolverle a los objetos su simplicidad —su capacidad de ser
usados, compartidos, incluso perdidos— no es un acto de consumo, sino de libertad.
Referencias (APA 7.ª edición)
Belk, R. W. (2014). You are what you collect. In L. Price & N. Fischer (Eds.), Handbook of Qualitative
Research Methods in Marketing (pp. 54–70). Edward Elgar Publishing. https://doi.org/10.4337/9781781001387.00011
Pine, B.
J., & Gilmore, J. H. (1999). The experience economy: Work is theatre
& every business a stage. Harvard Business Press.
Zulli, D.,
& Zulli, D. J. (2020). Extending the experience economy to social media. Journal
of Consumer Culture, 20(3), 395–411. https://doi.org/10.1177/1469540518773811

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